Hay un experimento clásico en economía conductual: a la gente se le pregunta si prefiere recibir 100 € hoy o 110 € en una semana. La mayoría elige los 100 € ahora. Pero cuando se les pregunta si prefieren 100 € dentro de un año o 110 € dentro de un año y una semana, la mayoría elige los 110 €. La semana de diferencia es la misma, pero el resultado cambia por completo. Este fenómeno tiene nombre: sesgo del presente.

El sesgo del presente

Los economistas lo llaman también descuento hiperbólico: valoramos el presente de forma desproporcionada respecto al futuro. Cuanto más cerca está la recompensa, más la sobrevaloramos. Es un mecanismo evolutivo que tiene todo el sentido cuando sobrevivir dependía de lo que conseguías hoy, pero que resulta pésimo para construir patrimonio a lo largo de décadas.

El problema no es la falta de voluntad ni la irresponsabilidad. Es neurológico. Las decisiones sobre el futuro activan zonas del cerebro relacionadas con el razonamiento abstracto. Las decisiones sobre el presente activan el sistema límbico, el mismo que responde al dolor y al placer inmediatos. Cuando estas dos partes entran en conflicto, el sistema límbico suele ganar.

Cómo se manifiesta en el dinero

El sesgo del presente aparece en formas tan cotidianas que resulta difícil reconocerlo. El café de cada día no parece un gasto importante en el momento, pero tres euros diarios son más de mil al año. La suscripción que sigues pagando “porque la usaré algún día” nunca llega a cancelarse. El plan de ahorro que empezarás “el mes que viene” lleva seis meses esperando.

También opera en sentido inverso y más dañino: la deuda. Comprar a plazos convierte un pago grande en pequeñas cuotas mensuales que parecen manejables. El cerebro ve el placer ahora y minimiza el coste futuro. El resultado es que acabamos pagando bastante más por algo que habríamos podido no comprar, o comprar de otra manera.

El yo del futuro no vota. Por eso pierde casi siempre en las decisiones financieras del presente.

Tres formas de ganar la batalla

No se trata de desarrollar una fuerza de voluntad sobrehumana. Se trata de diseñar el entorno para que el comportamiento correcto sea el camino de menor resistencia.

Automatiza antes de que puedas decidir. Si el ahorro sale de tu cuenta el mismo día que cobras, nunca llega a estar disponible para gastar. El cerebro no puede desear lo que no ve. Esta es la razón por la que las transferencias automáticas funcionan mejor que los propósitos conscientes de ahorro.

Haz que el futuro sea más concreto. El sesgo del presente se debilita cuando el futuro deja de ser abstracto. Calcular cuánto acumularás en diez años si ahorras 200 € al mes, poner una cifra a tu jubilación, o vincular el ahorro a un objetivo específico convierte “el futuro” en algo tangible que el cerebro puede procesar de forma diferente.

Añade fricción a los gastos impulsivos. Elimina las tarjetas guardadas en los navegadores. Establece una regla personal: esperar 48 horas antes de cualquier compra no planificada superior a cierto importe. La fricción no elimina el deseo, pero sí da tiempo a que el sistema racional retome el control.

El yo del futuro agradece las decisiones de hoy

Existe un ejercicio de psicología que consiste en visualizar al yo del futuro como si fuera una persona distinta pero cercana. Alguien a quien quieres y por quien tomas decisiones. Cuando el ahorro deja de ser un sacrificio abstracto y se convierte en un acto de cuidado hacia esa persona, la relación emocional con el dinero cambia.

No tienes que vencer a tu cerebro. Solo tienes que aprender sus trucos para dejar de ser su víctima.