Una de las preguntas más frecuentes entre padres con cierta conciencia financiera es cómo ayudar a sus hijos a tener un mejor punto de partida económico. La pregunta tiene dos dimensiones que conviene separar: cómo construir un patrimonio para los hijos, y cómo enseñarles a gestionar el dinero de forma que puedan multiplicar cualquier punto de partida que reciban.

Ambas dimensiones son importantes. Un patrimonio heredado sin educación financiera puede dilapidarse en años. Una educación financiera sólida sin patrimonio inicial es suficiente para construirlo desde cero, como muestra cualquier historia de ascenso económico intergeneracional. Lo ideal, obviamente, es ambas cosas.

Por qué el tiempo es el mayor regalo financiero

El episodio sobre el interés compuesto demostró que el tiempo es el recurso más valioso en la ecuación del crecimiento financiero. Y los hijos, por definición, tienen mucho tiempo por delante.

Un ejemplo concreto: si en el momento del nacimiento de un hijo se invierte una cantidad única de 5.000 euros en un fondo indexado global con un rendimiento histórico esperado del 7% anual, a los 18 años esa cantidad habrá crecido a aproximadamente 16.800 euros, y a los 30 años a casi 38.000 euros, sin aportación adicional alguna.

Si además de esa inversión inicial se aportan 50 euros mensuales desde el nacimiento hasta los 18 años (9.600 euros en total de aportaciones adicionales), el patrimonio acumulado a los 18 años sería de aproximadamente 38.000 euros. A los 30 años, manteniendo simplemente la inversión sin aportaciones adicionales desde los 18, superaría los 85.000 euros.

Este ejemplo no requiere grandes cantidades. Requiere empezar pronto y mantener la consistencia. El tiempo hace el trabajo pesado.

Instrumentos para invertir a nombre de los hijos

En España existen varias opciones para canalizar el ahorro destinado a los hijos.

La más directa es abrir una cuenta de inversión a nombre del menor con el padre o la madre como representante legal. Muchos brokers permiten abrir cuentas para menores. El dinero invertido pertenece legalmente al hijo, y las plusvalías tributan en su IRPF (que normalmente es cero o mínimo, dado que los menores raramente tienen otros ingresos). Al llegar a la mayoría de edad, el hijo puede disponer del patrimonio acumulado.

Los fondos de inversión a nombre del menor funcionan de la misma manera y permiten beneficiarse del diferimiento fiscal por traspasos, como cualquier fondo de inversión.

Otra opción son los seguros de vida ahorro (PIAS, Unit Linked) orientados a la educación o a la mayoría de edad. Tienen la ventaja de garantizar el capital en algunos casos y ventajas fiscales específicas en el rescate bajo ciertas condiciones, pero suelen tener comisiones más altas y menor flexibilidad que los fondos de inversión directos.

Algunas entidades ofrecen “Planes de ahorro sistemático para educación” que son fondos de inversión con aportaciones periódicas etiquetados como educativos, pero que financiera y fiscalmente funcionan como cualquier fondo.

La cuenta corriente o de ahorro a nombre del menor para guardar las cantidades destinadas a ellos (sin invertir) es la opción más conservadora y de menor rendimiento, adecuada solo para horizontes muy cortos.

Educar en finanzas personales desde pequeños

El patrimonio acumulado tiene más valor si el receptor sabe gestionarlo. Y la educación financiera, como todas las formas de educación, es más efectiva cuando empieza pronto y se practica de forma continua en el entorno familiar.

Los conceptos básicos de finanzas personales pueden introducirse de forma adaptada a cada edad. A los 5-6 años, la idea de que el dinero se gana, se gasta y se ahorra. A los 8-10 años, la diferencia entre lo que se quiere y lo que se necesita, y la satisfacción de ahorrar para algo concreto. A los 12-14 años, el concepto de presupuesto, la paga como herramienta de aprendizaje financiero y la introducción a los conceptos de deuda e interés. A los 16-18 años, los conceptos de inversión, interés compuesto y la importancia de empezar a ahorrar pronto.

La paga semanal o mensual, cuando se gestiona con cierta estructura, es una de las mejores herramientas de educación financiera práctica. Si parte de la paga se destina obligatoriamente al ahorro (una pequeña “cuenta de ahorro” física o digital), el hijo experimenta de primera mano el principio de “págate primero” y el crecimiento gradual de un fondo.

Cuánto y cuándo empezar

No existe una cantidad mínima que tenga sentido empezar a invertir para los hijos. Cualquier cantidad positiva, invertida pronto, genera un resultado mejor que la misma cantidad invertida más tarde.

El momento ideal es al nacer, aprovechando al máximo el horizonte temporal disponible. Pero si no se hizo entonces, el segundo mejor momento es hoy.

En cuanto a la cantidad, puede ser tan pequeña como 20-50 euros mensuales si el presupuesto familiar no permite más. La consistencia importa más que el importe. Una aportación de 30 euros mensuales durante 18 años, con un rendimiento del 7% anual, genera aproximadamente 12.500 euros al final del período: más que las aportaciones totales (6.480 euros) gracias al interés compuesto.

Si hay ingresos extraordinarios (regalos de abuelos, primas, bonificaciones), destinar parte a la cuenta de inversión del hijo es un uso con impacto muy positivo a largo plazo.

El equilibrio entre dar y enseñar

El riesgo de construir un patrimonio significativo para los hijos sin la educación correspondiente es crear adultos que no saben manejar el dinero y que pueden dilapidar rápidamente lo que tomó décadas construir. Los estudios sobre herencias muestran que una parte importante del patrimonio heredado desaparece en la primera generación receptora.

El equilibrio correcto es doble: construir el patrimonio mediante inversión sistemática y, al mismo tiempo, implicar progresivamente al hijo en el proceso a medida que crece. Mostrarle el extracto de su cuenta de inversión, explicarle cómo crece, comentar qué son los fondos en los que está invertido, discutir el concepto de riesgo y tiempo a nivel apropiado para su edad.

Cuando un joven de 18 años recibe un patrimonio que ha visto crecer durante años y entiende por qué y cómo creció, tiene una relación completamente diferente con ese dinero que alguien que lo recibe como una suma abstracta caída del cielo. El conocimiento es el complemento necesario del capital.