Hay pocas ideas en finanzas tan simples en su concepto y tan poderosas en sus consecuencias como el interés compuesto. Es el mecanismo por el que los rendimientos de una inversión generan, a su vez, nuevos rendimientos. Los intereses se suman al capital, y esa suma mayor genera más intereses el siguiente período, que se suman al capital mayor, que genera aún más intereses. El ciclo se repite indefinidamente.
El resultado, con el tiempo suficiente, es un crecimiento que parece modesto al principio y espectacular al final. Y esa asimetría temporal es exactamente lo que hace que sea tan fácil subestimarlo.
Qué es el interés compuesto
La distinción fundamental es entre el interés simple y el interés compuesto.
Con interés simple, los rendimientos se calculan siempre sobre el capital inicial. Si inviertes 10.000 euros al 7% anual de interés simple durante diez años, cada año generas 700 euros de rendimiento (el 7% de 10.000), independientemente de los rendimientos acumulados. Al cabo de diez años tienes 17.000 euros.
Con interés compuesto, los rendimientos se calculan sobre el capital acumulado, que incluye todos los rendimientos anteriores reinvertidos. Si inviertes los mismos 10.000 euros al 7% anual de interés compuesto durante diez años, el primer año generas 700 euros (igual que antes), pero el segundo año calculas el 7% sobre 10.700. El tercero, sobre 11.449. Y así sucesivamente. Al cabo de diez años tienes aproximadamente 19.672 euros: casi 3.000 euros más que con interés simple, sin haber hecho nada adicional.
La diferencia entre los dos no viene de tasas más altas ni de más trabajo. Viene de la reinversión automática de los rendimientos.
La matemática del crecimiento exponencial
El interés compuesto no crece de forma lineal. Crece de forma exponencial. Y el crecimiento exponencial tiene una característica contraintuitiva: parece lento al principio y se acelera dramáticamente hacia el final.
Ejemplo comparativo con 10.000 euros iniciales al 7% anual:
- A los 5 años: 14.026 euros
- A los 10 años: 19.672 euros
- A los 20 años: 38.697 euros
- A los 30 años: 76.123 euros
- A los 40 años: 149.745 euros
Obsérvese el patrón: de los 10 a los 20 años se añaden unos 19.000 euros. De los 20 a los 30 años se añaden unos 37.000 euros. De los 30 a los 40 años se añaden unos 73.000 euros. Cada década que pasa, el crecimiento es aproximadamente el doble del de la década anterior.
Esta aceleración es la esencia del interés compuesto. Y tiene una implicación directa para la planificación: el tiempo es el recurso más valioso de cualquier estrategia de inversión.
Las dos variables que más importan
La fórmula del interés compuesto depende de cuatro variables: el capital inicial, la tasa de rendimiento, el tiempo y la frecuencia de capitalización. De las cuatro, dos son especialmente importantes en la práctica.
La primera es el tiempo. Como se ve en el ejemplo anterior, la mayor parte del valor se genera en los últimos períodos. Esto hace que los años perdidos al inicio de la vida inversora sean desproporcionadamente costosos: cada año que se retrasa el comienzo de la inversión no solo es un año menos de crecimiento, sino que se pierde también el rendimiento que ese año habría generado sobre todos los rendimientos futuros.
La segunda es la tasa de rendimiento neta. Pequeñas diferencias en la tasa de rendimiento tienen efectos enormes a largo plazo. La diferencia entre un fondo que cobra el 1,5% anual en comisiones y otro que cobra el 0,2% puede parecer irrelevante en un año. A treinta años, esa diferencia de comisiones puede representar el 25-30% del patrimonio final. Las comisiones son el interés compuesto en sentido inverso: también se acumulan.
La regla del 72
La regla del 72 es un atajo matemático para calcular en cuántos años se dobla una inversión a una tasa de rendimiento determinada. La fórmula es simple: divide 72 entre la tasa de rendimiento anual (en porcentaje) y obtendrás el número aproximado de años para que el capital se duplique.
Con una rentabilidad del 7% anual: 72 / 7 = aproximadamente 10,3 años para doblar el capital. Con una rentabilidad del 4% anual: 72 / 4 = 18 años para doblar el capital. Con una rentabilidad del 10% anual: 72 / 10 = 7,2 años para doblar el capital.
La regla del 72 también funciona para calcular el efecto negativo de la inflación: si la inflación es del 3% anual, el poder adquisitivo del dinero parado se reduce a la mitad en aproximadamente 24 años (72 / 3 = 24).
Esta regla es útil para pensar de forma intuitiva en el horizonte temporal de las inversiones sin necesidad de calculadora.
Por qué empezar hoy importa más que invertir más
El ejemplo más poderoso del interés compuesto es el de dos personas que invierten cantidades diferentes pero durante períodos distintos.
Ana empieza a invertir 200 euros al mes a los 25 años y lo mantiene durante diez años, hasta los 35, momento en que deja de aportar pero no retira el dinero. Ha invertido en total 24.000 euros.
Luis empieza a invertir 200 euros al mes a los 35 años (donde Ana paró) y lo mantiene durante treinta años, hasta los 65. Ha invertido en total 72.000 euros: tres veces más que Ana.
Asumiendo un rendimiento anual del 7% para ambos, a los 65 años Ana tiene aproximadamente 263.000 euros y Luis aproximadamente 243.000 euros. Ana, habiendo invertido un tercio del dinero de Luis, tiene más capital simplemente porque empezó diez años antes.
Esta diferencia no viene de la cantidad invertida. Viene del tiempo que el dinero de Ana tuvo para trabajar y acumularse. El tiempo es el único recurso del interés compuesto que no puede comprarse con más dinero.
La conclusión práctica es simple: cualquier cantidad invertida hoy es más valiosa que el doble de esa cantidad invertida dentro de diez años. Y cualquier cantidad invertida hoy es infinitamente más valiosa que una cantidad jamás invertida.